Por qué nunca más volaré desde Duala (Camerún)
He atravesado varias fronteras complejas en África, pero mi salida de Duala terminó en lágrimas. Esto es lo que sucedió y lo que me habría gustado saber antes de volar.
AFRICA
Anica Kolic
5 min leer


He recorrido gran parte de África y del mundo, y he conocido más de un aeropuerto y una frontera caóticos (basta recordar mi historia en Mozambique). Sin embargo, nada me preparó para salir de Duala. Para cuando llegué a la puerta de embarque, ya me habían ignorado, me habían quitado el celular, me habían amenazado con negarme la tarjeta de embarque (boarding pass) y me habían hecho llorar frente al mesón.
Todavía no comprendo por qué. Así se desarrollaron los hechos.
(Des)orden
Volaba con Ethiopian Airlines y llegué al aeropuerto dos horas antes del vuelo (no llevaba equipaje para documentar). La aerolínea recomienda llegar con cuatro horas de antelación; ahora entiendo por qué. Me dirigí al mesón de clase ejecutiva para consultar si era posible cambiarme a una clase superior pagando la diferencia. Delante de mí había apenas unas pocas personas, de modo que supuse que sería rápido.
No lo fue. Constantemente llegaban personas por los costados y se dirigían directamente al mesón. Algunas, evidentemente, conocían al personal y las dejaban pasar; otras simplemente se colaban, sin que nadie las detuviera. Cuando le señalé a una mujer que se estaba saltando la fila, se limitó a hacer un gesto despectivo con la mano. El hombre que la había dejado pasar se interpuso en mi camino, y alguien se rio en mi cara.
Para una fila de tres personas, la espera fue increíblemente larga.
Un gesto amable y la primera señal de alarma
Me enviaron a otro mesón para revisar mis documentos. Me pidieron la visa británica. Expliqué que cuento con un permiso de residencia en el Reino Unido y que acredito mi estatus mediante un share code, que es el procedimiento estándar. Mi error: olvidé tomar una captura de pantalla del código, y además se me habían agotado los datos móviles.
El wifi del aeropuerto no funcionaba, y tampoco ninguna otra red. Durante más de diez minutos intenté desesperadamente conectarme a lo que fuera, incluso al wifi de Turkish Airlines, que parecía el más prometedor. Finalmente me di por vencida y le pregunté a un funcionario si podía compartirme internet por un minuto. No parecía alguien dispuesto a acceder, pero, para mi sorpresa, me permitió usar su conexión... literalmente por un minuto. No pronunció palabra alguna, pero su gesto significó muchísimo para mí. Fue el único momento del día en que alguien del lugar realmente me ayudó, y le quedé profundamente agradecida. Supuse que ahí terminaba el calvario: bastaría con volver al mesón de check-in, retirar la tarjeta de embarque impresa (pues no aceptan la versión digital) y eso sería todo. Ingenua de mí.
¿Dónde está mi celular?
Regresé al mesón y pregunté por el cambio a clase ejecutiva. El funcionario me miró desconcertado, sin el menor interés, y me indicó que acudiera a la oficina si tenía preguntas. Entonces le solicité amablemente, al menos, un asiento junto a la ventana. Me asignó uno del medio.
Luego volvió a pedirme la visa. Le mostré el share code, pero era evidente que no sabía de qué se trataba. Sin pedir permiso, tomó mi celular desbloqueado y mi pasaporte, y se marchó.
Durante los siguientes quince minutos deambuló de un lado a otro. Intenté seguirlo hasta donde estaba permitido, pero cuando me vio, me hizo un gesto impaciente con la mano para que volviera al mesón. Le dije que quería que me devolviera mi celular. No reaccionó.
Quien no haya vivido la experiencia de ver a un desconocido alejarse con su celular desbloqueado, lleno de fotografías, mensajes, correos y todo lo demás, difícilmente comprenderá cuán vulnerable se siente una.
«No recibirá su boarding pass»
Finalmente, entregó mi celular y mi pasaporte a una mujer mayor, de anteojos, que atendía en el mesón contiguo. Ignoro cuál era su cargo; quizás era la jefa. Lo que sí sé es cómo me trató: fue brusca, grosera y, en un momento, me amenazó con que no recibiría mi boarding pass. No había razón alguna para ello. Durante todo el tiempo mantuve la cortesía, y lo único que le pregunté fue qué estaba ocurriendo.
Me exigió que le mostrara en el celular un documento británico con mi fotografía y una prueba de residencia. Le expliqué que el share code existe precisamente para que ella, en su calidad de funcionaria, verifique mi estatus por sí misma. La misma norma rige para cualquier persona con residencia en el Reino Unido. Ella se mantuvo firme en que el código no era suficiente y me mandó a esperar.
Faltaba una hora para el despegue. Observé cómo también les gritaba a otros pasajeros, quienes le respondían en voz baja, en francés: «Madame, s’il vous plaît» («Señora, por favor»).
Mantuve la compostura hasta el final, pero el pánico terminó por imponerse. Me habían agotado sus miradas y el hecho de que me ignoraran sin que nadie me explicara lo que sucedía. Rompí a llorar frente al mesón, algo que nunca antes me había ocurrido en un aeropuerto. Sentí que me iba a desplomar. Me aterraba la idea de perder el vuelo y quedar varada en Camerún.
Solo entonces me dijo que dejara de llorar y me devolvió el pasaporte y el boarding pass.
Control tras control
Pero eso no fue todo. Desde la entrada hasta la puerta de embarque revisaron mi pasaporte una y otra vez. En varias ocasiones me pidieron el share code, y dos funcionarios me dijeron sin rodeos que el código no bastaba y que debía portar un documento que acreditara mi residencia. Una desinformación absoluta. Aun así, el resto del personal fue cortés y amable: me preguntaron por qué lloraba e intentaron animarme.
Algunos funcionarios fotografiaron mi pasaporte con sus propios celulares, sin explicar el motivo. Todavía desconozco dónde terminaron esas fotografías.
En el control de seguridad quisieron confiscarme una cuchara con un pequeño tenedor que me acompaña prácticamente por todo el mundo, argumentando que era peligrosa. Al final me permitieron conservarla, probablemente porque me veía completamente desolada.
Reflexión final
Puesto por escrito, quizás no parezca tan grave, pero vivirlo fue aterrador. He atravesado varias fronteras complejas, y en ninguna me sentí tan indefensa como en Duala.
El contraste con mi llegada lo vuelve aún más desconcertante. Al ingresar a Camerún, recibí el adhesivo de mi visa electrónica y crucé la frontera en cuestión de minutos.
No tengo planes de regresar. Y considero que Ethiopian Airlines debería reflexionar seriamente sobre el trato que su personal de check-in en Duala brinda a los pasajeros. Son lo primero que ve un viajero, y a mí me llevaron hasta las lágrimas.
Si va a volar desde Duala
Antes del viaje, guarde un comprobante de su residencia en el país de destino. Es posible que el wifi y los datos móviles no funcionen. Guarde el share code y una captura de pantalla o un PDF de la página de su estatus para poder acceder a ellos sin conexión.
Llegue con más antelación de lo habitual. Cuente con que habrá personas que se salten la fila y numerosos controles de documentos.
No entregue a nadie su celular desbloqueado. Si el personal necesita ver algo, muéstreselo personalmente.
Mantenga la calma e intente recordar los nombres. Le será útil si posteriormente desea presentar un reclamo. Sin embargo, por extraño que parezca, si alguien le está causando problemas y aún no tiene en sus manos el boarding pass y el pasaporte, no discuta ni pida nombres. Podría irritarlos aún más y quedarse sin volar.
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